Como
profesores de Bachillerato, vosotros sabéis mejor que yo que ésta es una etapa
de la enseñanza con unos objetivos expresamente fijados en el plan de estudios
del sistema educativo dentro de los cuales están el dominio de unos
conocimientos conceptuales y el desarrollo de unas actitudes como corresponden a
su edad en el dintel ya de eso que suele llamarse madurez o al menos camino de
ella.
¿Asistencia
o impulso?
Teniendo
esos criterios presentes, siempre me ha sorprendido ese estilo asistencial y
paternalista que se ha generalizado cuando se trata de educación sexual en
estas edades ofreciendo o dando charlas informativas centradas, si no
exclusivamente sí dominantemente, en la prevención de embarazos y de
enfermedades de transmisión genital. Incluso en los últimos años de una forma
ya obsesiva por no decir compulsiva. Lo que, se quiera o no, equivale a centrar
la realidad sexual en el sexo que se hace y sólo en él.
No sé dónde
hay más proteccionismo ingenuo: si en aquel contar o "revelar los
misterios de la vida y el amor", recurriendo al polen de las plantas y al
nido de las avecillas del campo, tal como criticábamos a anteriores sistemas
pudibundos, o en esta otra fórmula obsesiva porque "sepan todo lo que hay
que saber para hacerlo sin riesgos y con todas las seguridades".
Tanta insistencia revela más lo que obsesiona a los mayores que lo que, de
hecho, interesa a los adolescentes.
No hace falta
que señalemos algunos motivos de preocupación que todos tenemos presentes,
entre los cuales está el de la prevención. Pero no iré yo en esa dirección
puesto que es de sobra conocida. Quiero ir en otra: lo que ese mensaje supone
con relación a la manera de entender la realidad sexual sólo como
necesidad que se satisface. Y sólo como tal necesidad. Más aún, que se
satisface sólo o preponderantemente de ese modo. Es éste el paradigma
conocido como reichiano, de Wilhelm Reich, aquel W.R. de hace tantos años. El
de la lucha sexual de los jóvenes de los años treinta y el de la Revolución
Sexual, reeditada, de los sesenta que quiso ser innovador y que lo fue para
finalmente terminar en el mercado como objeto de consumo, puesto que se trata de
una necesidad y como tal exige satisfacción..
Proteccionismo
tercermundista
Aparte de los
debates que ya tuvimos y que hoy convendría no ignorar, me pregunto por ese
paradigma en estos jóvenes de hoy, es decir en vuestros alumnos. Y entiendo que
tratarlos así, es decir darlos esas limosnas informativas con esas cargas
asistenciales produce una sensación que no dudo en llamar de proteccionismo
tercermundista. Algo no casa en este juego. Por un lado se les quiere libres e
independientes, autónomos y capaces de pensar por sí mismos. Por otro se les
asiste y tutela en sus necesidades como simples usuarios o sujetos de consumo.
No quiero entrar aquí en un espectacular debate sin fin, sino simplemente en lo
relativo a este procedimiento. Si lo que se pretende es esto último veo
razonable lo que se hace. Pero si se pretende lo primero, y creo que todos lo
decimos, será preciso plantearse esto de otra forma. Me estoy refiriendo
expresamente a otra necesidad: la de ofrecer claves explicativas, capaces de
despertar su pensamiento para que ellos mismos sean capaces de entender sus
propias experiencias en un marco de conocimiento y de ideas. No se trata pues de
una asistencia práctica sino, al contrario, de la creación de una inquietud,
es decir, de una excitación intelectual.
Desgajada de
su contexto teórico, —e insisto en este término: teórico— la realidad
sexual se convierte en una práctica. Esta es la diferencia. Tampoco se trata
aquí, o al menos no trataré yo, de resucitar otra vez la vieja polémica de la
abstinencia de la conducta genital, llamada según las épocas con
denominaciones variadas como abstención o continencia, renuncia, castidad, etc.
Esa polémica histórica no me interesa porque está resuelta y si no lo está
para algunos no tienen más que estudiar historia. Porque desde la historia es
preciso avanzar. Insisto, pues, en que no me interesa esa polémica vieja. Sí
me interesa en cambio esa reducción que se hace convirtiendo el gran campo
teórico de la realidad sexual en una simple pragmática al uso.
Razones
Como este
planteamiento puede prestarse a simplificaciones y lo que pretendo es matizar,
trataré de dar algunas razones. En primer lugar no me resigno a que unos
adolescentes o jóvenes no sean inquietos y por lo tanto curiosos como
corresponde a su edad. Inocular en ellos ese estereotipo, esa obsesión
pragmática del coito me parece contribuir a su domesticación como usuarios;
asistidos, es cierto, pero, a fin de cuentas, usuarios. Hace ya años expuse la
tesis de que los adolescentes no suelen, de hecho, desear el coito real, idea
más bien inducida por la representación social y no objeto de su deseo
concreto y biográfico, o sea individual.
Diferenciar
bien el gusto, es decir, lo que de hecho atrae, de ese gran montaje impuesto por
el imaginario colectivo que dicta lo que debe apetecer, ofrece alguna luz sobre
lo que estoy planteando. Esa sutil diferencia es la que se desprende del estudio
de sus manifestaciones plasmadas en textos de cuestionarios abiertos y de
contenidos implícitos en los que expresan su deseo auténtico y sincero, no la
imagen que se les exige o con la que se les agobia.
La
espera erotizada
En segundo
lugar me he preguntado y les he preguntado a ellos qué pasa con lo que
conocemos como espera erotizada y erotizante, es decir, ese no paso
directo del Estímulo a la Respuesta sino el detenimiento en los resquicios
y vericuetos en los que inexorablemente —y no de otro modo, tal como hoy lo
conocemos— se fragua y desarrolla el propio imaginario y su simbólica, lo
más preciado y deseable en los humanos, especialmente en esta edad. Me he
preguntado y les he preguntado a ellos cómo ven esos interminables y
reiterativos debates de los adultos sobre el estar a favor o en contra de las
llamadas relaciones sexuales (o sea, hablando con propiedad, coitales).
La anterior
educastración y la actual anti-educastración tiene mucho que ver con este
estereotipo del Estímulo-Respuesta y poco de espera erotizada, es decir de
detenimiento en el Deseo. Y escribo Deseo con mayúscula esperando que no sea
confundido con la excitación. La adolescencia, con sus descubrimientos, sigue
siendo el lugar privilegiado para la elaboración de un imaginario propio frente
a un imaginario impuesto. Y en ese debate interno se crea cada cual su propia
identidad.
Existe hoy un
miedo colectivo, un afán de evitar a toda costa que estos chicos se aburran y
estén sin ocuparse en algo activo; un miedo a que piensen e imaginen y que
simbolicen y conceptualicen las cosas de otro modo. Se les quiere dar todo
masticado y, si se pudiera, digerido. Se ve en los libros de texto, se habla del
aprendizaje fácil, de hacer práctico todo, de hacérselo entretenido, de
estrategias para que no se distraigan, de recursos para mantener constantemente
su atención. Se usan fichas para poner crucecitas en test de todo tipo que
deben ser rellenados como si se tratara de autómatas, a quienes se les alimenta
con cápsulas tecnológicas... Me pregunto si no se ha generalizado la obsesión
de que sean prácticos como si fueran tontos o no se quisiera que piensen. Tanto
hablar de hacer, para lo que aquí me ocupa, cuadra como anillo al dedo
con hacer el sexo. Y esta sustitución del pensar por el hacer merece
detenimiento.
Peligros
En tercer
lugar ese asistencialismo tan centrado en la práctica, esa práctica, podrá
ser comprensible en sus padres que, acostumbrados a cuidarlos y alimentarlos, se
preocupan de toda serie de detalles subsistenciales lo mismo que se preocupan de
que no tengan gripes o se contagien de alergias. Pero los profesores —los
centros educativos— pueden y deben ir más allá de la función protectora del
seno familiar en el que, por definición, estas cosas son así por los lazos de
la sangre y, por lo tanto, impregnadas de emotividad. La función de un profesor
no es la asistencia tutelar sino la incitación intelectual. Es ya un tópico
invocar a la Organización Mundial de la Salud cuando se trata de Educación
Sexual. Pero pocos toman en serio la diferencia que esta Institución hace entre
educación y práctica asistencial.
Recuérdese
la crítica de hace años hacia esa visión de la sexualidad centrada en los
peligros, confundida su realidad con ellos, reducida prácticamente a ellos.
Hablaban los padres y maestros del cuidado que había que tener para no caer
en ellos. Entonces eran unos: ceder a los impulsos de la carne. Hoy son otros:
hacerlo correctamente para no caer en la trampa de los efectos no
deseados. Aparte de la obsesión por los actos o conductas, similar antes y
ahora, pocas innovaciones parecen ofrecerse.
¿Fraudes?
Una
cuarta razón que quisiera dar es que la realidad sexual, antes que una
necesidad, objeto de satisfacción o de insatisfacción o un derecho o deber, es
un campo de conocimiento y, como tal, objeto de interrogación y búsqueda
explicativa. Por otra parte, estando como están en esta edad en fase de
formación, o sea de aprender a explicarse y entender esa realidad como otras,
la función educativa tendrá más ventajas si se centra en estimular el
descubrimiento de ese campo desde una actitud de estudio y de exploración.
Me parece un
fraude, una acción miserable, privar a estas edades de la posibilidad de
explicarse y entender —de hacerse una idea de— esa realidad de los sexos
mediante el subterfugio de convertir a ésta en una necesidad o urgencia genital
más o menos perentoria, supuesto lo cual, lo que se hace es dedicar ese tiempo
a administrar recursos para su ejecución, sea ésta higiénica o correcta o
para su evitación por otras razones de otro orden.
No dudo,
aunque parezca duro, en dar el nombre de fraude a esta privación de claves de
conocimiento y a su substitución por un atrabiliario y esnobista discurso sobre
sus derechos a la satisfacción, planteamiento peligroso y reactivo, como
reactivo fue el conocido planteamiento de Reich. A él le salvó personalmente
su voluntarismo y entrega a una causa que hoy podemos evocar con gratitud por
haber servido para lo que sirvió, pero ni hoy existe ya la necesidad de ese
voluntarismo en esa dirección ni la causa de hoy es ya la misma que a él le
motivó.
Más
que un derecho
Y una quinta
y última razón es que no volveré yo sobre ese supuesto del derecho universal
a la satisfacción. No es ese derecho el que me ocupa aquí, puesto que
estamos partiendo ya de un derecho adquirido, sino el hecho de substituir y
camuflar una cosa con otra. Si ambas son planteables y ofertables, lo que me
parece preocupante es que se quede sin ofrecer aquello que, estrictamente
hablando, corresponde a los más elementales e imprescindibles objetivos de
cualquier sistema educativo en estas edades de la formación. Por ellas no
volverán a pasar y lo no hecho será un vacío que arrastrarán.
Por otra
parte, la falacia de llamar moderno o progresista a la afirmación, sin más, de
los derechos a la satisfacción no es sino la otra cara de una inercia. Está
claro que es una conquista y en eso debemos estar agradecidos con quienes
lucharon por ella. Pero no se puede vivir indefinidamente sentados en ella como
única rectora de todo. Y, tras esta afirmación de ese derecho, a muchos parece
llenárseles la boca para no tener que dar más pasos. El miedo a ser tachados
con un estigma represor, que lo ha habido y lo seguirá habiendo, no puede ser
excusa para detener el progreso. No se puede seguir anclados en lo mismo. Se
trata de dar pasos hacia adelante y de seguir hacia el futuro.
Paradojas
Por ello
entiendo que es ya hora de salir de ese juego de la simplificación. Porque de
hecho hay otras vías de juego, otras cartas en ese juego y, creo, otros campos
de juego sin tener continuamente que terminar en ese callejón sin salida de un
debate paralizante y cerrado entre la represión y la liberación, entre la
ignorancia y la información como absolutos continuamente traídos a colación
de una forma simplificada y polar, o sea reactiva, es decir extrema. ¿Tal vez
paradojicamente reaccionaria?
Se suele
empujar a la gente hacia la disyuntiva de tener que afirmarse partidaria o no de
las relaciones sexuales —se quiere decir genitales, o sea coitales— y de
tener que justificar sus actitudes o posturas al respecto. Se está demasiado
habituado a esos debates o dilemas ya manidos, como si todo se resolviera con
situarse, sin matices, en una u otra orilla de ese esquema establecido. Se ha
asumido y aceptado la trampa que eso implica teniéndose que situar en contra o
a favor. Pero la aceptación de esa trampa camufla la substracción de
interrogantes substanciosos. Es evidente que en unas épocas se está más de un
lado que en otras. Y es evidente que los criterios reactivos hacen siempre
variar esas posturas enfrentadas. Suben unas, bajan otras.
Esta
práctica —en este caso de opinión o de actitud— no es sino más de lo
mismo en el mismo paradigma de la misma moral (moral viene de mores, es decir
costumbres) de la habituación a la inercia. Lo que planteo es salir de esta
rutina de la práctica y entrar en las ideas. Se trata de teoría. Y al
pronunciar este término soy consciente de su impopularidad. Porque si en
general la teoría no tiene buena imagen, en este campo, en particular, suele
tomarse siempre como una ironía. Y sin embargo sabemos que toda práctica exige
una teoría. Incluso el rechazo de ésta no se hace sin una referencia a
aquélla. Por debajo de toda práctica, se quiera o no, sale siempre a flote una
teoría. En cuyo caso, no se tratará, pues, de teoría o no, sino de una u
otra. Pero está claro que esta teoría de la práctica —de esa llamada
práctica sexual— no da más de lo que da.
Sistemas
y averías
Volviendo,
pues, al punto central que aquí me trae, me resisto a creer que estos
adolescentes o jóvenes solamente estén interesados por la práctica de esas
averías eléctricas de sus intimidades y no por el conocimiento de la
electricidad y sus posibilidades. Y me resisto a admitir que un profesor pueda
ser tan paternalista que, por la utilidad inmediata, reduzca la electricidad y
sus leyes a la protección o reparación de las averías que pueden darse en las
habitaciones de sus alumnos o en las instalaciones de sus aulas.
Si esto es
así, me pregunto por qué reducir la realidad sexual a unas indicaciones
prácticas y de emergencia para arreglárselas en sus ejecuciones genitales. Ya
sé que, planteado así, resulta muy caricaturesco. Siempre se hacen
invocaciones excusantes, tales como que la sexualidad no es solamente el coito,
que es algo más, etc. Pero, instalados en ese esquema, se trata siempre de lo
mismo porque se parte de ello y se termina en ello. Es el punto de partida el
que es preciso cambiar para que lo otro sea un segmento más de la línea y no
sea ésta reducida a aquél.
Si se
estudian los campos y los sistemas es porque desde ese horizonte se pueden
entender muchas más cosas y mejor que los anecdóticos accidentes evitables
tales como el cortocircuito en casa mientras enchufan su compactdisc, cosas
propias de la etapa infantil de los primeros años en los que ya no están.
Economía
y propinas
Me
resultaría igualmente patético que la única preocupación por el cálculo y
los números fuera la de poder contar cuánto dinero tienen estos chicos y en
qué se gastan sus pagas o propinas o cómo se las administran. Una cosa
es que estos ejemplos puedan servir como tales para ir a más y otra es que nos
quedemos en ello como único problema. Estos jóvenes tienen, entre sus
asignaturas, cuestiones de Economía en términos completamente teóricos y
conceptuales y todos estamos de acuerdo en ello. Me pregunto por qué,
tratándose de la sexología, sólo interesa o creemos que interesa su
práctica.
Hay en esto
una dejación contra su capacidad de pensar. Y hay una regresión infantilizante,
contrapartida del paternalismo, que hace agarrarse a lo inmediato, a falta de
otra cosa, precisamente por quienes son responsables del desarrollo de su
pensamiento y su teorización. No es otra cosa limitar la realidad sexual a una
cuestión de satisfacción o no ; incluso la de limitar ésta a los criterios de
la permisividad hoy como antes lo fue a la represión. Lo cual equivale a no
decir nada en el orden explicativo, más allá de un no porque no de
otros tiempos frente a un sí porque sí de los presentes. En ambos casos
la realidad sexual queda excluida del pensamiento o éste de aquélla. El
resultado, una vez más, es la anulación del uno y la problematización de la
otra.
Más
ejemplos
¿Ponemos
más ejemplos? En Historia estudiamos los orígenes y el desarrollo de los
siglos o los años, pasados o cercanos, y solemos decir que así nos situamos en
una perspectiva que nos lleva a comprender nuestra situación actual. Es ya
sabido, y no es necesario insistir: el conocimiento del universo y de sus leyes
nos permite situarnos en él. ¿Por qué en esta área del conocimiento se aboga
por encontrarnos sin tiempo y sin espacio en una especie de burbuja flotante y
sin las referencias propias de cualquier conocimiento organizado?
La historia
de la sexología no es la historia de esa llamada práctica sexual, sino la
historia de las ideas y formas de plantearse las representaciones, las
creaciones de esquemas y marcos conceptuales con los que cada cultura o
civilización, o cada etapa de éstas, han tratado de entender esa constante
natural y cultural que es el hecho de los sexos en la biografía de los sujetos.
¿Exámenes?
Cuando estos
adolescentes o jóvenes se presenten a su examen de madurez, ante ellos mismos o
ante la sociedad, notarán esa carencia. O, lo que es aún más grave, tal vez
ni siquiera se den cuenta de que carecen de ella. Lo notarán al fin y al cabo
en sus propias contradicciones y en las ausencias de claves para entenderse y
entenderlas. Y se repetirá una vez más el mismo círculo vicioso reprochado a
otras generaciones que, con las mismas expresiones, fueron a su vez repitiendo
la misma necesidad de educación sexual, entendiendo por ella lo mismo que antes
habían entendido y, ante lo cual, se hizo la misma información de urgencia
práctica —muy práctica, muy práctica— sobre la base de la misma teoría:
la teoría de la práctica, la práctica, la práctica, la práctica...
Es evidente
que a estas edades se está preocupado en términos personales por el cómo de
las relaciones coitales lo mismo que por muchos otros cómos. Pero si el
principal objetivo de la enseñanza es abrir unos horizontes en los que cada
cual pueda explicarse su vida en un conjunto esclarecedor no tiene mucho sentido
cerrar esas perspectivas en sí mismas, en nombre de la práctica. Tal vez el
recurso a la tutela asistencial sea la forma de darse la impresión de que se
hace algo, lo que sea, a falta de otras ideas al respecto.
Se ha
hablado, también desde hace mucho tiempo, de la educación sexual como de
"esa asignatura pendiente". Sin duda hoy se dispone de unas buenas
dosis informativas. Queda, no obstante, el interrogante del qué y sobre qué. Y
para responder tenemos también a las espaldas suficientes muestras para poder
concluir que eso no puede ser así.
Por otra
parte las invocaciones a la moral o a los peligros para la salud —antes de
unos signos, ahora de otros— no dejan de ser recursos de un ya manido orden
que no pasan el más básico examen de los criterios mínimos en una reválida
intelectual. Ante ello parece justificarse cualquier nerviosismo por compensar
estas carencias como sea.
Más
espejismos
Hay algunos
espejismos más. Por ejemplo, en los últimos años los libros de texto de
ciencias naturales han colocado ya sus correspondientes dosis de contenidos
sobre la reproducción que en épocas anteriores no existían o eran
excesivamente deficitarios. Hay ya, pues, unidades didácticas enteras en los
distintos ciclos de los planes de estudios o currículo escolar. Esto ha dado la
impresión a muchos de novedad y avance. Y ciertamente lo es. No faltan quienes
obviamente reclaman ir más allá y piden que no sólo se plantee la
reproducción sino los mecanismos de su evitación, así como explicaciones más
claras sobre el placer.
Podemos ir
aún más lejos: Póngase en sus mesitas de noche la mayor información posible
sobre los anticonceptivos y añádanse manuales de posturas y técnicas o trucos
sobre los placeres sexuales. Estaremos en más de lo mismo. Obsesionados
por esas carencias es comprensible que se sea reactivo ante ellas. Pero no es
precisamente a eso a lo que me estoy refiriendo aquí. Se trata de estudiar y
conocer el hecho de los sexos y sus consecuencias y no sólo el coito y sus
anécdotas.
Nuevos
imaginarios
Estos sexos
—uno y otro: masculino y femenino— son y viven ellos y entre ellos muchas
cosas que la enseñanza de esa reproducción o ese placer no ofrecen como es la
propia realidad de ser o hacerse, de percibirse y sentirse y expresarse como de
uno y otro sexo que son, previamente o incluso al margen de esa reproducción y
ese placer. Podrían tal vez esos materiales inmediatos dar pie a plantearse ese
campo. Pero no sucede así.
Entiendo que
resulte difícil de entender otro mensaje mientras se esté bajo la obsesión de
confundir los sexos con el sexo y éste con su práctica tal y
como fantasmáticamente se ha generalizado en nuestro nuevo imaginario
colectivo. Por eso precisamente insisto en la necesidad de innovar más allá de
las limosnas informativas y asistenciales centradas en la práctica peri o
paracoital por más garantías de seguridad o de inocuidad que la acompañen.
Es preciso
dejar ya de una vez, al menos en la enseñanza, ese esquema de representación
si se quiere entender este universo de la realidad de los sexos. Es preciso no
seguir conformándose con algunos tópicos nuevos que no son sino vicarios y
sustitutos de otros igualmente inservibles. Esto puede resultar denso y duro —¿novedoso?—
pero creo necesario señalarlo porque, si no todo puede lograrse, al menos sí
todo se puede plantear. Es la forma de ver otra dirección que se podría
seguir, se llegue o no. Y es ésta la que corresponde a la enseñanza y a la
educación.
Ideas
frente a tópicos
Se oye
también mucho decir que la Sexología no puede o no debe enseñarse como las
Matemáticas o la Física. Y se acepta esto con la misma simpleza de una
convención reconocida y sin más pruebas. Por un lado se tiene la costumbre —la
rutina— de recluir al objeto de la Sexología fuera del ámbito de la historia
de las ideas. Y, a fuerza de ello, se la termina excluyendo del mismo ámbito
del conocimiento para crear o mantener su ghetto aparte..
Por otro
lado, un pudor muy extendido —precisamente porque dicen sexo y
entienden eso— ha llevado a muchos a considerarla materia reservada
a la intimidad y a las vivencias; todavía más: a las conductas y mores. Pero
es eso precisamente lo que fomenta y retroalimenta su ausencia en el cuerpo
general de los saberes. Es ésa la fórmula de su negación dentro de ellos.
Curiosa ironía: Se clama por la información sexual y se la excluye, de
entrada, de los conocimientos comunes, para reclamarla luego como limosna
informativa imprescindible...
Cuando una
cosa no se estudia con la distancia y la perspectiva que brindan los conceptos,
tiende a emotivizarse y a problematizar a cada cual con ella. Sucede así con
todo en cualquier área. Las conductas o matices personales y de la intimidad
son peculiaridades propias y por tanto no sólo respetables sino incluso
fomentables, pero la conceptualización del hecho de los sexos y de sus
consecuencias comunes a todos los seres es materia de estudio y de estudio
inevitable. No es requisito para poder estudiar Economía que se sea pobre o
rico. Es evidente que cada cual tiene sus condicionantes personales, pero todos
estudian y conocen las mismas leyes y principios, las mismas aplicaciones y las
variedades que dan unas y otros.
Opciones
Si en
nuestros últimos planes de estudios parece haberse optado por excluir un
formato expreso de educación sexual organizado y sistemático, existen, no
obstante, varios núcleos conocidos como transversales —La Educación
sexual, La Coeducación, por ejemplo— Y hay también materias optativas que
inciden expresamente en esto que planteamos, como es el caso de Papeles
sociales de las mujeres y hombres. Aparte de esto, una simple lectura del
currículum escolar, desde la etapa infantil y la primaria a la secundaria y
bachillerato, proporciona más de un centenar de referencias que pueden ser
ocasión para que el profesor que quiera pueda desarrollar o ampliar aspectos
distintos de este campo.
Queda
solamente la excusa de la falta de preparación del profesorado, explicable
ciertamente, pero arrastrada durante mucho tiempo y utilizada con fines muy
diversos. La misma Sexología, como disciplina ha tratado de ser convertida en
una especie de asesoría de práctica asistencial de urgencia para cubrir
vacíos y rellenar baches mediante la divulgación de una educación sexual
configurada desde esas mismas premisas. Permitidme que lo diga expresamente: La
Sexología no es eso.
Invitaciones
Con todo esto
no pretendo poneros en ningún aprieto. Sólo trato de comentaros algunas
preocupaciones que me he venido planteando desde hace años en contacto a veces
con alumnos y otras, como en este caso, con profesores como vosotros. La vía
que planteo es, dicho con toda claridad, no seguir con ese paternalismo
asistencial tan extendido sino incitar lo más posible al pensamiento y a la
búsqueda de claves conceptuales, entendiendo que, por encima de las necesidades
urgentes o aparentes, lo importante es inducir a los alumnos a ver este campo en
el marco teórico de los saberes generales que se suponen en la enseñanza de
todos.
Con ello se
obtendrán algunos beneficios claros, entre los cuales no es el menor la misma
actitud de búsqueda de referencias en la lógica común en lugar de seguir
obsesionados por las rentabilidades inmediatas, lo que, de por sí, anula
cualquier capacidad de innovación: pan para hoy y hambre para mañana.
Se trata de ver y entender la realidad sexual desde otros ángulos de mira. Y si
algo claro encontramos en estas edades postadolescentes o prejuveniles es
precisamente esa inclinación a la crítica frente a lo dado, esa propensión a
no resignarse con la domesticidad de prevenciones o advertencias tan propias de
edades infantiles en las que ya no se encuentran.
Es, pues,
necesaria una dosis de energía que impulse a superar esos esquemas encorsetados
en la pobreza, y que sea capaz de suscitar la exigencia de preguntas nuevas
frente a la resignación a la necesidad de la receta, estilo catecismo de
preguntas hechas y cerradas con sus respectivas respuestas precocinadas como si
se tratara de críos, por mucho que se presuma de la paradoja de que eso
es ya cosa de adultos.
Preguntas y
respuestas
Los alumnos
de los Estudios Universitarios de Postgrado de Sexología suelen recibir
con extrañeza una de las reglas de oro metodológicas de la educación sexual
en la que se entrenan y que fundamentalmente consiste en la actitud de no
responder nunca a ninguna pregunta. Acostumbrados a un estilo asistencial, en
ese automatismo admitido de la pregunta-respuesta, esta fórmula nuestra suele
resultar chocante. Se trata sin embargo —lo que a mí me sorprende es que
sorprenda tanto— de la más antigua y clásica mayéutica que viene, como es
sabido, del Siglo de Oro del pensamiento griego como vía de acceso al
conocimiento y no ciertamente de cualquier conocimiento sino de la misma
construcción y organización de éste.
Se trata, en
definitiva, de reformular y seleccionar preguntas y de llevarlas allí donde
éstas o no necesitan ya respuestas porque están incluidas en las mismas
preguntas o de que sean otras preguntas —las más interesantes, incluso las
únicas de interés— en lugar de esas obviedades que ni siquiera son preguntas
sino curiosidades anecdóticas, las más de las veces agitadoras de morbo y
distractoras del interés real. En todo caso es una metodología que confía en
la capacidad de los sujetos y que, por ello, puede suscitar un talante o actitud
de búsqueda frente a la inercia pasiva y la espera de la norma. De lo que se
trata, en primer término o como punto de partida, es de ordenar los
conocimientos o ideas que se tienen en torno a un objeto. Es una invitación a
la inteligencia. No es otro el procedimiento que se sigue en cualquier
investigación científica.
Ciertamente
estos alumnos de los que os hablo son adultos puesto que se trata de cursos de
postgrado y me podréis decir que, tras haber pasado por la Universidad, ésta
les ha cambiado. Todos sabemos que no es ciertamente así. Antes de la
Universidad, o sea en el bachillerato, entiendo que puede y debe hacerse este
trabajo o al menos empezarlo. Resulta ridículo ofrecer respuestas a preguntas
que no son preguntas. Y algunos tienen tanta prisa en ofrecer respuestas que ni
siquiera escuchan aquéllas. Les hay también, como aquel profesor de
matemáticas que, por no crear ansiedad a los alumnos les daba las soluciones a
los problemas antes de los planteamientos. Nunca aprendieron nada y luego
tenían más ansiedad.
Ideas y
recursos
Aprender,
pues, a plantear bien un problema es ya el mejor paso para encontrar su
solución. Pero me pregunto por qué en este campo se invocan y justifican
tantas prisas y exigencias para responder tan pronto a tantas preguntas según
el mismo y precipitado automatismo con que se plantean. Se usa hoy mucho esta
frase: "Hay que responder a los niños a todas las preguntas sobre el
sexo". Y se justifica con esta otra: "Contrariamente a antes que todo
era tabú y silencio". Se piensa poco que, frente a esto, tampoco es
respuesta aquello. A lo más, una reacción automatizada, tal vez emotiva y
visceral. Pudo, en tiempos, parecer obvio. Pero lo que nos demuestra el
análisis de resultados es que eso no es cierto y que los intentos no coinciden
con lo que se pretende, todo lo voluntariosos que se quiera pero, en definitiva,
ineficaces.
Incitaciones
Los cientos o
miles de preguntas que se plantean sobre el sexo y sus respectivas respuestas
constituyen ya un género al uso, tal como son recogidas en publicaciones
conocidas. Sorprende constatar, al estudiarlas, cómo esos interminables
repertorios pueden reducirse a unas pocas líneas básicas y organizadas según
la lógica de unas ideas. Pero, sobre todo, sorprende no encontrar el breve
puñado de algunos puntos troncales de los que el resto no pasa de ser ramas
periféricas.
Con ese
método, lo que se fomenta de forma interminable son curiosidades secundarias,
"intriga de morbo y baba", el secretismo de siempre. Es éste el
resultado final de esas metodologías inspiradas en los servicios asistenciales
y de urgencia. Se ha hecho mucha educación sexual, o así llamada, partiendo de
esos recursos apresurados e improvisados. Y sería ya llegado el tiempo de
pensar algo más en las ideas, en un cuerpo articulado, capaz de interesarse en
las claves para el entendimiento de este fenómeno humano y universal que es el
hecho de los sexos. Es importante perder el miedo a los conceptos. Es necesaria
una incitación de la inteligencia: una excitación intelectual. Y si vosotros
como profesores no sois quiénes para meteros en las conductas y morales de
vuestros alumnos —porque la intimidad es exclusiva de ellos—, en esto sí
tenéis un cometido. Por vuestras aulas pasan.
Para terminar
Hoy sólo
quería ceñirme a estas cuestiones previas y de entrada porque tal vez muchos
rechazos o inercias pasotas de las que os quejáis los profesores de
bachillerato —algunos se preguntan incluso por qué ni siquiera están
interesados en esas informaciones tan prácticas— no sea sino maneras de
deciros, ciertamente de una forma tosca y burda —incluso hiriente— que ese
sexo que se les ofrece no da ya para más. Y tal vez esa insistencia
asistencial a toda costa no sea sino la versión paternalista de un modelo que
exige un cambio radical.
La
experiencia de los medios en los que me muevo así lo indica, día a día. Nada
espectacular, por otra parte, cuando se piensa que un campo amplio incluye uno
pequeño como la línea incluye al segmento, y no a la inversa.